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CUMPLEAÑOS

Escrito el 18 Feb 2010
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Una de mis hijas cumplió sus 16 años, cuando cumplió 15 años, ella no tuvo la famosa fiesta de quinceañera con vestido largo y baile.
Para sus 16 años, fuimos a comer a un restaurante colombiano en donde la música sonaba con todo su ritmo, mientras veíamos imágenes del país.
Estábamos comiendo y mi hija recibió la llamada de los abuelos de Colombia, al regresar a la mesa en su cara se le veía la tristeza, después de preguntarle que le pasaba, sus ojos se aguaron y comenzó a llorar.
¿Que te pasa? Le preguntamos. Mami, me dijo, no tengo de que hablar con mis abuelos, los siento extraños a mi, y yo hubiera querido compartir con ellos mi infancia.
Ninguno en la mesa pudo evitar llorar, estábamos en familia, mi esposo, mi hija menor, la mayor, mi mamá y yo. Sin contar a mi mamá, que llego un año antes de nosotros, regresamos a ese día en el aeropuerto, en que mi suegro nos beso a todos y nos dijo adiós, y en especial a mi esposo le dijo: “usted necesita pensar en su familia y deben irse de aquí, olvídese de nosotros y no mire atrás”.
Exactamente, el cumpleaños de mi hija fue el día en que llegamos a este país, por eso todos recordamos nuestro viaje y sobre ese dolor que aun tenemos en nuestros corazones de dejar un país al que queríamos, una familia numerosa con muchos primos, abuelos, tíos, en donde todos se metían en todo, no faltaban las tías solteras, que opinaban en todas las decisiones familiares para bien y para mal.
Los amigos con los que uno estudio, con los que compartía sus alegrías y triunfos y también las situaciones dolorosas. Durante estos 9 años habíamos estado adormecidos, los
días y los años nos pasaban y a Colombia la veíamos como el país que habíamos tenido que dejar atrás, por el bien de nuestra familia.
Como extraño esos primos, la casa llena de gente, los cumpleaños, los paseos, la navidad, decía mi hija mientras seguía llorando.
En ese momento me preguntaba ¿valió la pena salir de allá?
Aun escribiendo esta nota pienso en esas raíces que arrancamos bruscamente de nuestras dos hijas.
Todos lloramos porque cada uno tuvo que dejar muchas cosas valiosas, no solamente en lo material, sino en lo personal.
Perdónenos, les dijimos a ella y a su hermana, si quieren volvemos a casa, era lo que mi hija menor le decía a mi esposo, cuando lo veía llegar del trabajo y no podía levantarse del dolor en el cuerpo o con sus manos heridas.
Mi hija, siempre lo veía y le decía: ¡papi es hora de regresar a casa! pero mi esposo al escuchar estas palabras hacia todo lo humanamente posible por decir:
¡No te preocupes, estoy bien!
Después de la nostalgia, mis hijas hicieron una evaluación, aunque pienso que es lo mismo que nos han escuchado decir a nosotros: Aquí tenemos tranquilidad, somos bilingües, etc.
Al dar las gracias por los alimentos solo podíamos decir Señor gracias por tenernos acá, porque mis hijas tienen sentimientos y recuerdos de una infancia feliz, y aunque fue dura la decisión de salir de nuestro país hoy en día podemos entender porque fue.
Personalmente, en Colombia nunca hubiera valorado el trabajo de la gente, la familia, las oportunidades, y a conocer a Dios y querer servirle junto a mi esposo y mis hijas.

Dra. Flor Maria Puyo
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