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TOCADOS POR DIOS

Escrito el 11 Nov 2010
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En los años que llevo escribiendo, contando mis aventuras con el buen Dios, he visto cientos de personas que son tocadas por Él, inesperadamente, de formas admirables.
Es algo por lo que siempre me maravillo y me lleno de esperanzas. Dios está presente, en medio de nosotros, en nosotros, sólo falta reconocerlo, saberlo, extender las manos y tocarlo.
Me sorprende ver cómo, a través de unas palabras Él va transformando nuestras vidas. Esto me anima a continuar, a pesar de mi pobre fe, mis continuas caídas, los desalientos y el desánimo que nunca falta.
En todo apostolado tarde o temprano aparece el desaliento. El buen Dios lo compensa de inmediato con “gracias” abundantes, con experiencias sorprendentes.
Me ha tocado experimentarlo una y otra vez, casi siempre en las mismas circunstancias: cuando por fin me decido a abandonar esto y emprender otro camino.
Dios es de lo más simpático.
En cierta ocasión se me acerca una joven, compra uno de los libritos y me dice: “Quiero contarle por qué lo compré. Hace unos meses, desanimada, fui a una librería. Antes de entrar oré pidiéndole a Dios que me mostrara cuál libro comprar, uno que me ayudara. Pasé frente a una estantería repleta de libros y, en ese momento, uno de ellos cayó al suelo. Lo recogí y lo coloqué en su lugar. Seguí viendo los libros y
cuando pase nuevamente junto a la estantería, el libro volvió a caer frente a mí. Lo compré pensando en broma: “Si no lo compro me sigue hasta la entrada”. Era un libro suyo: “Para ser Santo”. “Me ayudó muchísimo”. Y remató con estas palabras: “No deje de escribir”.
Otro día, fui a misa decidido a dejar de escribir. Le dije a Dios: “No voy a escribir más. Mejor busca a otro”. De pronto un amigo se me acerca y me dice: “Alguien te quiere conocer”. Terminada la eucaristía me presentó a un joven. Nos sentamos y me dice: “Quería conocerlo. Sabe, hace unos meses perdí a mi esposa. Tengo mis hijos pequeños. No sabía qué hacer. Me desesperé e iba a cometer una locura. Me di una oportunidad. Fui a la librería San Pablo y le pregunté a la dependiente por un libro que me ayudara. “Tome éste”, me dijo. Y me entregó uno de sus libritos. Lo leí a gusto y aquí estoy”. “Por favor, siga escribiendo”.
Quedé de una pieza. Le conté por qué había ido a misa y se sorprendió tanto como yo.
He seguido escribiendo porque Dios también a mí, me ha tocado. Y, a pesar de cómo soy, me muestra su ternura y su amor.
Me encanta ver cómo hace las cosas. Es admirable. Y bueno y tierno. Y justo.
Cada día compruebo que es verdad, santa Teresa tenía razón: “Sólo Dios basta”.
Autor. Claudio de Castro

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