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“YO ENTRE AL OSCURO MUNDO DE LAS GANGAS”

FALTA DE AMOR Y VIOLENCIA EXTREMA

Escrito el 12 Jul 2007
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Greenville, SC.- “Desde muy pequeño sentí el rechazo de mi padre, porque no nací con el color de su piel ni sus rasgos finos” narra Juan Carpio (27), natural de Guajaca, México.

“Yo no tenía el color de su pelo ni sus finos rasgos. Cuando me enfermaba le decía a mi madre, que me abandone”.

Era su madre, quien se ocupaba de darle amor. “Lo que más me dolía era ver como mi padre le pegaba a mi madre. Ella decía, él va a cambiar”.

Carpio recuerda que para su padre, primero eran los amigos, mujeres, el trago, mientras su madre soportaba todo con resignación.

“Ella me llevaba a la iglesia, oraba mucho por que mi padre cambie”.

Amigos, refugio, soledad, sentirse protegido, fueron entre otras causas, el motivo para entrar a la “ganga”.

Todos los que estaban ahí, venían de familias con problemas y contaban como sus padres los maltrataban.

“Y nos uníamos para planear la venganza, para demostrar que éramos un equipo, para poder atracar a otros, buscábamos dinero fácil para sentirnos poderosos, protegidos”.

Felizmente, nunca llegamos a matar o a violar, pero asaltábamos, buscábamos tener dinero. Llegué a ser el líder de la pandilla Los Zorros.

El joven aprendió a hacer daño, hasta que le ofrecieron trabajar como probador de drogas.

Con 17 años, tenía dos personas cuidándole las espaldas. Vivía solo y ganaba buen dinero. “Te quiero mucho mamá,” solía decirle a su progenitora.

“Cuando veía a mis gente golpear a otros, sentía como un placer, como si al que pegaran, fuera mi padre”.

Para mi padre, el dinero lo era todo, con llevar dinero a la casa, creía que era suficiente, que eso le daba derecho a gritar, a pegarle a mi madre, a ser un infiel y embriagarse, pero no era así.

Una vez mi madre me pidió que me cuidara, ella lloraba y estaba asustada, pues había soñado que me mataban.

Ese día, Carpio, tenía que ir a hacer una “movida” llevando $30,000, pero luego de las palabras de su madre, no salió y fue uno de sus mejores amigos, quien fue por él.

“El fue pensando en demostrar valor, porque quería mi puesto, pero nunca regreso, hubo una balacera con la policía y mi amigo murió”.

Todo lo que hacía, era llorar cuando estaba solo, la conciencia no me dejaba vivir. Tenía dinero, un departamento hermoso, armas, pero no era feliz.

Mi madre, llegó a casa, a sacarme las armas y las drogas y mi padre me pidió perdón.

Cuando oí eso, recién ahí cambié, pensé que mi madre no se merecía derramar tantas lágrimas por mí.

Al final, descubrió que tanto daño hizo su padre al pegarle a su madre, como él al entrar en una ganga.

Ahora vivo en Greenville y asisto a una iglesia cristiana. Trabajo en construcción y ayudo a gente que está en malos pasos.

Valoro lo que gano con honestidad, me siento bien y feliz, con mi vida y con Dios a mi lado, lejos de ese camino oscuro que termina por destruirte a ti y a tus seres queridos.


Por Rossy Bedoya, Reportera

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